El discurso del analista: el discurso subversivo en la era del discurso científico

Por Juan Carlos Ubilluz
Asociado de NEL - Lima


Que el psicoanálisis rescata la dimensión subjetiva aplastada por el discurso científico es una verdad que erradamente se asocia a la postura anti-científica de ideologías vetustas. Dada la simpleza del enunciado, no es difícil que el naturalismo identifique al psicoanálisis con una disciplina opuesta a la perversión industrial de la naturaleza humana, o que el humanismo la perciba como una defensa en acto de la esencia sempiterna del hombre o que incluso la religión católica encuentre en ella un aliado en la lucha del alma contra el pecado capital de la manipulación genética. Esto último no puede sino resultar irónico si se recuerda que, a inicios del siglo pasado, el pensamiento de Freud podía confundirse con un esfuerzo secularista por acelerar el “inevitable” fin de “una ilusión”.

Sin duda, la época empuja al psicoanálisis a asumir la posición de preservación, de resistencia . Pero antes de dejarse encasillar en la defensa del pasado, el psicoanálisis debe preguntarse ¿qué es lo que desea preservar ante el avance del discurso científico?. Digamos, por lo pronto, que no pretende preservar la “naturaleza humana”: el cuerpo del psicoanálisis no es el cuerpo biológico, orgánico, natural; es, más bien, el cuerpo recorrido por las pulsiones (que, no hay que olvidar, no son los instintos). Si algo nos enseña Lacan, es que el hombre pierde el acceso directo a su cuerpo desde que ingresa a la esfera del lenguaje. El psicoanálisis tampoco aspira a conservar una idea preconcebida del ser humano: en tanto que afirma lo real del deseo inconsciente contra el velo de la coherencia del yo, el psicoanálisis es fundamentalmente anti-humanista y, en cierto sentido, comparte el desprecio de Nietzsche ante los límites de “lo humano, demasiado humano”, sin por ello hacerse partícipe de su llamado superyoico a la creación del superhombre. El psicoanálisis, por último, no intenta salvaguardar la existencia del alma, del espíritu o de cualquier otra entidad inmaterial que obtenga su garantía de existencia de un gran Otro, ya sea este el Dios-sujeto del cristianismo o el Dios aristotélico que replica la estructura del Cosmos. De hecho, una de las metas del análisis es conducir al analizante a asumir la inexistencia del gran Otro.

Pero si el psicoanálisis no cree que haya una esencia humana, ya sea esta natural, ideal o espiritual, nos preguntamos, una vez más, ¿qué es lo que desea preservar ante la arremetida objetivista del discurso científico? Con el fin de que la respuesta no se deslice hacia el sentido común, debemos primero especificar en qué consiste este discurso.

El oscilante discurso científico

Comencemos por decir que un discurso es, para Lacan, un vínculo social, un nexo que se establece entre dos o más personas. Adviértase que no hemos dicho que el discurso expresa un vínculo social sino que el discurso es en sí mismo ese vínculo. A diferencia de la filosofía nominalista, la cual arguye que el discurso describe una realidad pre-existente, Lacan sostiene que este es constitutivo de la realidad social. Así, al asumir que el discurso de la ciencia es uno de los dos discursos que rige la época (el otro sería el discurso capitalista), asumimos también que la realidad de la época se construye, derruye y reconstruye a través de él. La genética no es sólo una teoría escrita en un papel. La genética determina gran parte de la producción y del consumo de nuestros alimentos.

Curiosamente, el discurso científico no está entre los cuatro discursos desarrollados y matematizados por Lacan. Sin embargo, una lectura detallada del Seminario XVII revela que la ciencia tiene un discurso que oscila entre el discurso de la histeria y el discurso universitario. Como se sabe desde el psicoanálisis, el histérico no se identifica con la palabra del amo. Cuando el amo le dice al histérico quién es, este responde: “No, yo no soy eso que dices que soy”. Es por ello que lo que comanda su discurso es el sujeto, el sujeto escindido entre el goce y el significante. Desde su lugar de comando, el sujeto pone a trabajar al amo con el fin de que nombre el goce que lo perturba. Mal haría el amo en querer complacer al histérico, pues este no se contentará con nombre alguno; enamorado de ese goce que excede al lenguaje, el histérico lo hará laborar como esclavo por toda la eternidad.

No es difícil percibir por qué el discurso histérico es un componente del discurso de la ciencia, la cual nace en la historia como un cuestionamiento a la autoridad religiosa o monárquica. Si algo caracteriza a la ciencia, es la insatisfacción con el saber establecido. Paradójicamente, el otro discurso que anima a la ciencia procura arribar a una explicación final al movimiento elusivo de la vida; este es el discurso de la universidad, que no es el discurso del saber todo sino del Todo-saber. Nacido de la filosofía griega, este presume que la naturaleza es racional, que todos los movimientos de los seres vivientes se ajustan a relaciones de razón. De allí que lo que comanda este discurso sea el Todo-saber, el cual pone a trabajar al estudiante con el fin de hacer encajar el goce que lo perturba en una totalidad.

Así, por el lado de la histeria, la ciencia cuestiona el saber aceptado, incluso el saber que se forja desde la ciencia misma; y por el lado de la universidad, ella encuentra un impulso fundamental en la certeza de que debajo de los variopintos fenómenos de la naturaleza se encuentra una fórmula (matemática), un código (genético) o algún tipo de metaescritura. Para decirlo de manera sucinta, no hay avance científico sin el desafío histérico al sentido común ni la convicción de que hay, finalmente, un orden de las cosas, una ontología, una ley.

El discurso analítico: el discurso del agujero en el Cosmos

Digamos desde ya que el discurso del analista descompleta las pretensiones ontológicas del discurso científico. Mientras para este último la subjetividad es un proceso del pensamiento que responde a un cuerpo sometido a una ley (meta)física, para aquel la subjetividad es precisamente aquello que descompleta la ley. En otras palabras, mientras para el discurso científico el sujeto encuentra su causa en una ley inscrita en la materia, para el discurso del analista el sujeto es causado por el objeto a, ese pedazo de real que emerge como un resto de intimidad, o mejor, de extimidad, a raíz del ordenamiento legal del cuerpo. Entiéndase bien. El psicoanálisis no presume que el sujeto sea una entidad paralela a la realidad ontológica postulada y construida por la ciencia. El psicoanálisis argumenta que el sujeto es eso que habla desde la falla de esa realidad ontológica. O más precisamente, que el sujeto es la falla que habla.

A diferencia del naturalismo, del humanismo y de la religión, el psicoanálisis no postula una esencia humana que sería pervertida por el discurso científico. Lejos de cualquier tipo de esencialismo, el psicoanálisis sabe que, para bien o para mal, la humanidad es, hasta cierto punto, un producto de la ciencia y de la tecnología. Volvemos así a la pregunta del inicio: si para el psicoanálisis no hay un exterior humano al discurso científico, ¿qué es lo que busca rescatar de las pretensiones objetivistas de este? Lo que el discurso del analista rescata es al sujeto que habla desde ese objeto (el objeto a) que no es más (ni menos) que el producto remanente del discurso científico. Es decir, lo que este discurso preserva es al sujeto que hace suyos los deshechos de la producción científica del ser humano. Es siempre desde lo que no sirve ni encaja en el ideal producido, o en el que se producirá, que el psicoanálisis resiste a la ciencia.

De esto, sin embargo, no se debe colegir que el psicoanálisis sea anticientífico. El psicoanálisis sabe que no puede sino jugar su partida en el mundo de la ciencia. Pero esto no hace de aquél un apéndice de las pretensiones objetivistas de esta, ni tampoco su complemento subjetivista. El psicoanálisis no dice: “A pesar de que la conducta del ser humano es el reflejo de la realidad de los neurotransmisores del cerebro, de todas maneras el hombre necesita hablar, darle sentido a lo que sucede en su cuerpo orgánico”. El psicoanálisis dice más bien: “Cuando el sujeto habla desde lo más éxtimo de ‘sí mismo’, descubre que la realidad ontológica de los neurotransmisores no es una totalidad consistente, que ella es finalmente no-toda”. En suma, que el sujeto aparece en el agujero negro del Cosmos, esta es la verdad subversiva con la cual el psicoanálisis se enfrenta al saber científico.

1 comentarios:

  erika

9 de noviembre de 2010, 10:01

buen ensayo! aunque sobre el discurso cientifico no hay mucha informacion, me fue util el blog..